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martes, 5 de mayo de 2015

Roberto

(Altamente recomendado poner play al video durante la lectura)

Roberto era como el desvelo de la noche entrada y la madrugada. No había lugar seguro en él y la inercia te llevaba por atracción casi adolescente al peligro y el vértigo. No tenía un sólo recuerdo de él en pleno día, no olía a lavanda ni a sol matinal, olía a frío, a calle vacía de regreso a casa, solitaria. Auguraba siempre un desafío, ser completa en cada vez menos tiempo. Los retazos que teníamos uno del otro eran -más que estando juntos- la despedida latente y segura; fuéramos a donde fuéramos, jugaramos o no a lo que nos placía jugar, la despedida era inminente, siempre nos acompañaba, siempre impaciente detrás nuestro y el final se repitió tantas veces bajo tantos cielos nocturos: cielos abiertos de estrellas titilantes, musgosos opacos, temblorosos y húmedos, acalorados que aun así no mejoran el momento impostergable del adiós.

Roberto y yo eramos así, pero eso me hacía feliz.

Tenía la capacidad de hablarme de las cosas llanas con la ligereza de un gorrión y abordar deliberadamente la conversación de las cosas más profundas e hirientes como el pesado ritmo de un viejo oboe.

No abarcabamos a caso unas horas diarias de realidad, nada de pasado doloroso, nada de futuro-esperanza, apenas un pequeño espacio, guarida minúscula de ratón. Yo exigiendo. Él evitando, concreto, certero y estudiado.

Pero el tiempo pasa y como él, la vida es esquiva, no cuenta las historias completas sino las versiones oficiales, aunque tiene recovecos para nuestro propio consuelo.

Roberto y yo fuimos un segundo que sólo pudimos guardar él y yo. 

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