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viernes, 10 de abril de 2015

Los cuentos de la cocina de Inna: II. La escritora

Amorfas casi siempre pero también casi siempre las identificas por las particularidades que las caracteriza desde que entran al local.

Cierto día, en medio de una torrencial lluvia, llegó Cecilia, una de esas amorfas que se vestía raro y se peinaba peor, pidió un café cargado, de preferencia si tenía que fuera americano, que estuviera muy caliente con mucha azúcar o, que le pasara el tarro y ella le pondría, mejor.

Cuando la vi, intuí que se trataría de una chica que gritara su vida todos los días: -Mírenme, noten, soy perfecta- así que rasqué muy poco para obtener su “confesión”, pues ¿de qué más hablaría esta ignorante chica si no?

E inspirada contó y contó, llegaba todos los días temprano, a primera hora del día pedía su café americano bastante caliente con un toque de chocolate, un tanto de azúcar y en un platito “un poco de frutas de color naranja, por favor”.

Las teorías son muchas, dicen que los sociópatas suelen ser incluso más exigentes en sus solicitudes, pero en mi experiencia, los quisquillosos vienen a ser el cómplice sumiso de inteligencia promedio que se siente más seguro en tanto más precisión tenga al realizar cualquier acción. Un planeador esclavo de las reglas preconcebidas por una mente mayor. Casi siempre es el cómplice poco creativo pero si tiene una propia idea delirante y alcanza a ser un psicópata por él mismo, entonces seguramente ha sido guiado desde antes por un perverso. Las escalas se continúan situando del mismo modo casi siempre, ¿qué es un objetivo sino la estrategia de una misión?

Almas torturadas. Son muchos los mecanismos de tortura, son diversos, y las características de las mentes enfermas tienen puntos de coincidencia, recovecos en donde se reconocen y pueden tener similitudes concretas como si las comisuras de las bocas con la mandíbula con coyunturas mucho más pronunciadas que la piel que las recubre, fueran hechos para sugerencias de poderlas abrir más, así como las mujeres a las violaciones y heridas punzocortantes y personales, mientras que los hombres a víceras expuestas y protuberancias de sus vientres, ya sabes, las cosas siguen el curso que las mentes retorcidas piensan que es natural. En palabras de Dan Brown, hombres flechita arriba, mujeres flechita abajo, sin más.

Y yo la escuchaba hablar, tan clara, tan estúpidamente transparente, me parecía que se radiografiaba constantemente frente a mis ojos, se abría el alma, me permitía mirar, luego, como precoz y sonrojada adolescente, después de ofrecerse, cerraba la entrada al vientre, tapaba con pudor sus no bien terminadas características y pagaba la cuenta de haberle permitido desvirtuarse frente a mí. Yo sonreía, ella también, como si no nos conociéramos soeces, hermanas potencialmente asesinas, hirientes, recalcitrantes; se iba, levantaba sus pequeñas pertenencias coloridas y llenas de su nerviosa personalidad para acomodarlas siempre en orden, color por color, tamaño a tamaño, importancia y todas en su específico lugar, así toda ella violable, dentro de toda la formalidad de sus gestos, la mirada rehuída, los estertores roncos de sus mordaces refunfuñeos y cerrazón. -¡Adiós Inna! Vuelvo mañana- me decía. -Adiós, Cecilia, nos vemos pronto, adiós.

Ya te lo digo, la gente está toda loca y el subconsciente habla tantísimas más veces de lo que uno quiere escuchar.

Al final, hay quienes dicen que los escritores únicamente suelen contar las historias de sus propias vidas con un poco de distorsión. ¿Y yo qué voy a saber? ¿qué es lo que puedo decir al respecto? ¿Y por qué alguien lo vería? Sencillo, porque nadie le dijo que no.

I. Los amantes

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