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miércoles, 1 de enero de 2014

El inocente juego de los niños asesinos. Parte III: ¡Buh!

Tienes miedo. Si, te haces pequeñito en la silla al final del pasillo que da directo a su habitación, porque hay una sonrisa perspicaz con esa miradita pícara que la acompaña. Él se hace grandote, mira perfectamente en tu dirección y sabe que temes, tú sabes que él sabe que tienes miedo… sonríen los dos. Entorna los ojos.

-¡Hola! –le oyes decir desde lejos –sonríe con los ojitos brillantes que lo caracterizan. Profundo. 
-¡Buh! –sonríe otra vez.

Esas cosas desconocidas que reconoces siempre detrás de las puertas totalmente abiertas, que guardan secretos a plena vista, que se sienten detrás del aire invisible que las contiene. Probablemente porque imaginas a alguien susurrándole el “¡buh!” preciso de tu miedo paralizante.

En efecto, no está sólo, aunque tú no lo puedas ver.

-¡Buh y buh! –te dice una vez más.

Diminuto y frágil, inocente y honesto, a media noche, de pie en su cuna. Solitario entre las imágenes apenas perceptibles por la lejanía y la media luz… las sombras de su dormitorio.

Contestas con otro “¡Buh!”. Se esconde tras el panel de la pared derecha. Asoma sus ojos de estrellas nuevamente.

-¡Buh! –te dice. Respondes ahora con una exclamación, “¡Aaah!”. Finges tener miedo. No. Finges no tener miedo y continuar con el “jugueteo” de gritar de horror.

Se inclina ligeramente hacia atrás y de inmediato vuelve hasta el frente con su “¡Buh!” un poco más característico, con los tonos que te causan ese temor que viene desde el tuétano. Ya no sonríes, tienes miedo en la “seguridad” de la “distancia” y no puedes esconderlo más. Ha sido evidente para ti demostrarlo, son cómplices de tu poca habilidad para ocultarlo. Sonríe más, entorna los ojos, su mueca no es de felicidad es de satisfacción por dominar.

Te levantas de tu sitio, caminas hacia la habitación. Si hay que arrullarlo, lo vas a arrullar. Si hay que consolarlo, lo vas a consolar pero, si hay que enfrentarlo, también estás dispuesto a enfrentar.
Cambias de posición. Él continúa mirando a tu sitio anterior. Apresuras el paso y a medio camino, él vuelve a cantarle un “¡Buh!” a tu silla vacía. Ahora lo entiendes. A media noche, mientras esperas lleno de incertidumbre a que sus padres vuelvan, no sólo tú te dedicaste a entretener al pequeño de papá y mamá.

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