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sábado, 25 de enero de 2014

Carnes frescas

Mi habitación figuró como una amplia carnicería.

-¡Carneeees! ¡Carnes variadaaaas!

¡Pasa! Toma una, prepárala a tu gusto, ponle un poco de sal y un poco de limón. Favor de comerse cruda, sabe mejor, un par de pulmones en su máxima expansión constituyen un manjar al paladar, para aquellos que se animen a comer un pedazo de mi ser.

¿Cuchillos? ¿Navajas? ¡No hacen falta! Ni hace falta preguntar, hundiendo tus dedos dentro de las llagas, es muy fácil abrirse paso hasta la médula del órgano favorito a degustar.

Los ojos. ¡Ah, los ojos! Marrones tocando la oscuridad, parpadeando, pidiendo clemencia, con una lágrima por desbordar, orgullosos en la medida en que pueden serlo pero, sobre todo, con profundo dolor, vacíos, con un resto del último amor asesinado.

-¿Qué me hiciste? ¿Por qué me has herido?

¡Ah y esa melodía de sentimientos encontrados! Un simple "te pertenezco" corrompido, desfragmentado, rancio, putrefacto, un "¿cómo pudiste?", una voz rota, una nota como punta acerada incidiendo en la garganta de la que la anfitriona puede hacer gala: un sabroso galardón.

-Si tomas un trocito de este pequeño bulto convulsionante -dijo aquella al huesped que se albergaría en sus aposentos -bien puedes probar la sangre que se desborda fresca, saciando tu sed, tu necesidad de corresponder a algo, de concernirme a mí también al ayudarme a deshacerme de este estúpido cascarón con entrañas licuadas por su propia emoción, pero no lo suficiente para evitar desgarrar y deglutir los tejidos por los que seguramente al extraerlos, suplicará.

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