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sábado, 25 de enero de 2014

Carnes frescas

Mi habitación figuró como una amplia carnicería.
-¡Carneeees! ¡Carnes variadaaaas!
¡Pasa! Toma una, prepárala a tu gusto, ponle un poco de sal y un poco de limón. Favor de comerse cruda, sabe mejor, un par de pulmones en su máxima expansión constituyen un manjar al paladar, para aquellos que se animen a comer un pedazo de mi ser.
¿Cuchillos? ¿Navajas? ¡No hacen falta! Ni hace falta preguntar, hundiendo tus dedos dentro de las llagas, es muy fácil abrirse paso hasta la médula del órgano favorito a degustar.
Los ojos. ¡Ah, los ojos! Marrones tocando la oscuridad, parpadeando, pidiendo clemencia, con una lágrima por desbordar, orgullosos en la medida en que pueden serlo pero, sobre todo, con profundo dolor, vacíos, con un resto del último amor asesinado.
-¿Qué me hiciste? ¿Por qué me has herido?
¡Ah y esa melodía de sentimientos encontrados! Un simple "te pertenezco" corrompido, desfragmentado, rancio, putrefacto, un "¿cómo pudiste?", una voz rota, una nota como punta acerada incidiendo en la garganta de la que la anfitriona puede hacer gala: un sabroso galardón.
-Si tomas un trocito de este pequeño bulto convulsionante -dijo aquella al huesped que se albergaría en sus aposentos -bien puedes probar la sangre que se desborda fresca, saciando tu sed, tu necesidad de corresponder a algo, de concernirme a mí también al ayudarme a deshacerme de este estúpido cascarón con entrañas licuadas por su propia emoción, pero no lo suficiente para evitar desgarrar y deglutir los tejidos por los que seguramente al extraerlos, suplicará.
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domingo, 19 de enero de 2014

Cuentito Platónico -Idealizado- para un Verdadero Amor

Hay musas –deidades menores– que se saben el objeto de admiración y estudio del artista, conocen sus movimientos, saben cómo mostrarse más bellas cada vez, y viven de ello, fingen no darse cuenta, fingen no quererlo, juegan caprichosamente tomando y soltando a la vez sólo para divertirse con la víctima de su ilusión, eso las hace un platónico amor.

Hay personas comunes que trabajan cada día sólo para procurar darle algo bueno a su familia, no saben de estética, no saben de compases o litografías, no saben de enlaces puros entre una obra de arte y la poesía, pero cuando uno retira ligeramente la vista de la musa que eligió, puede verles trabajando arduamente, contando historias de antiguas vidas, de sonrisas rozagantes llenas de reflejos de sol, sencillas, totalmente blancas y limpias, de manos pesadas, de trabajo duro, de espaldas curtidas, de días laborales que inician cuando aún es noche y acaban cuando se ha metido ya el astro fulgor.

Entonces quizás te des cuenta que en la vida real no puedes vivir de sueños y que quien sea que fuere quien te sujete, necesitará no ser azul y galante sino ser de amplio criterio y convicciones fuertes, que tenga la capacidad de destrozar los sueños de alguien y utilice esa habilidad y fuerza solamente para dejar las conciencias de quienes ama descansar cada noche tranquilamente.

Este es el cuento platónico -o descripción- para esas personas a quienes no les escribirías un par de estrofas rimadas porque probablemente no tendrían el tiempo de leerlas, querer entenderlas o fingir que al hacerlo, embelesados están, pero que jamás permitirían que su egoísmo rompiera tu ilusión de probar que podrían leerlas, entenderlas y amarlas profundamente –como mentiras felices de mutua complicidad–.
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martes, 14 de enero de 2014

Debí ser música

-¡Claudia! –me dijo –debí ser música…

Y se quedó mirándome un largo momento en que ambos sabíamos lo que la música compartía y lo que él quería ser. Después es el silencio, que a veces es poesía y que a veces es música también.

Y en silencio compartimos entonces la conciencia de lo cierto, en un beso sin carne ni sabor ni aliento, en un beso de miradas profundas, de rasgados azules y verdes intensos, la música que me interpreta la dulzura del momento. Se abrió paso la guitarra, la balalaica y piano prestos, atención a los violines, se hizo eterno el pensamiento y andando fuimos a atravesar mares bastos y suaves desiertos. Con su música en la luna, y la luna rodeada del índigo verso.
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domingo, 5 de enero de 2014

Ríes porque soy diferente, yo río porque tú no

"You laught because I'm different, I laught because you're not."
-Alguna aspiración en la vida?
-Mmm, pues no, no, ninguna.
-Algún interés?
-Salir con amigos y bailar.
-Cómo te ves en 10 años?
-Casad@, con 2 hijos, un coche y una casa.
-Tu peor defecto?
-Mmm pues yo creo que ser perfeccionista.
-Ajaaa... mmm, ok, yyyy ¿en qué te destacas?
-Soy muy original, soy creativo pero sobre todo, muy honesto.
-Sin duda...
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miércoles, 1 de enero de 2014

El inocente juego de los niños asesinos. Parte III: ¡Buh!

Tienes miedo. Si, te haces pequeñito en la silla al final del pasillo que da directo a su habitación, porque hay una sonrisa perspicaz con esa miradita pícara que la acompaña. Él se hace grandote, mira perfectamente en tu dirección y sabe que temes, tú sabes que él sabe que tienes miedo… sonríen los dos. Entorna los ojos.

-¡Hola! –le oyes decir desde lejos –sonríe con los ojitos brillantes que lo caracterizan. Profundo. 
-¡Buh! –sonríe otra vez.

Esas cosas desconocidas que reconoces siempre detrás de las puertas totalmente abiertas, que guardan secretos a plena vista, que se sienten detrás del aire invisible que las contiene. Probablemente porque imaginas a alguien susurrándole el “¡buh!” preciso de tu miedo paralizante.

En efecto, no está sólo, aunque tú no lo puedas ver.

-¡Buh y buh! –te dice una vez más.

Diminuto y frágil, inocente y honesto, a media noche, de pie en su cuna. Solitario entre las imágenes apenas perceptibles por la lejanía y la media luz… las sombras de su dormitorio.

Contestas con otro “¡Buh!”. Se esconde tras el panel de la pared derecha. Asoma sus ojos de estrellas nuevamente.

-¡Buh! –te dice. Respondes ahora con una exclamación, “¡Aaah!”. Finges tener miedo. No. Finges no tener miedo y continuar con el “jugueteo” de gritar de horror.

Se inclina ligeramente hacia atrás y de inmediato vuelve hasta el frente con su “¡Buh!” un poco más característico, con los tonos que te causan ese temor que viene desde el tuétano. Ya no sonríes, tienes miedo en la “seguridad” de la “distancia” y no puedes esconderlo más. Ha sido evidente para ti demostrarlo, son cómplices de tu poca habilidad para ocultarlo. Sonríe más, entorna los ojos, su mueca no es de felicidad es de satisfacción por dominar.

Te levantas de tu sitio, caminas hacia la habitación. Si hay que arrullarlo, lo vas a arrullar. Si hay que consolarlo, lo vas a consolar pero, si hay que enfrentarlo, también estás dispuesto a enfrentar.
Cambias de posición. Él continúa mirando a tu sitio anterior. Apresuras el paso y a medio camino, él vuelve a cantarle un “¡Buh!” a tu silla vacía. Ahora lo entiendes. A media noche, mientras esperas lleno de incertidumbre a que sus padres vuelvan, no sólo tú te dedicaste a entretener al pequeño de papá y mamá.
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