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domingo, 29 de diciembre de 2013

La Náusea de Adriana IV: Esperanza

Esa mañana Adriana amaneció sombría. Pero a diferencia de siempre -y después de meses de su rutina- en plena madrugada sintió que en el estómago, el hambre le escosía. Abrió los ojos despacio. Se incorporó.

Seguramente iría a escarbar en la cocina alguna sobra que alimentara su joven pero ya castigado y cansado cuerpo.

A su izquierda, sobre un pequeño escritorio, alcanzó a ver un par de platos repletos de alimentos. No; no sólo alimentos, su comida favorita.

-Es que... -recordó- anoche fue el cumpleaños del hiijo de mi tía suicida, es verdad.

Estiró la mano hasta el tenedor que yacía al lado del plato y un gruñido se apoderó de su estómago para hacerlo doler. No esperó más, apuró un bocado de la sopa que veía y sintió el agradable sabor al paladar. Podía ser que a su cuerpo no le importara tan poco su vida como a ella misma, o tal vez, además de un alimento era el corazón que su tía había puesto en obsequiar a su primo en su cumpleaños, era amor.

Si. No era un gramo diferente, no era el delicado y oneroso toque de un chef, era un caudal de energía ferviente, de abrazos contenido, de vapor de la mente condensado, de sal en los ojos que acumulan las madres desde que estamos en su vientre, la certidumbre de esperanza, el apapacho de un familiar.

Adriana sintió doler ahora el sistema lagrimal. Ni más ni menos, la noche anteior había evadido a su propia madre cuando la habían invitado a la fiesta del primo menor. Recordaba latente la idea que se había apoderado de su cabeza durante el 17 de diciembre: ¡ella no iría ese cumpleaños a visitar a su pariente, porque aunque la vida de la familia siempre debía ser lo más importante, ella había festejado tantos anttes y aquella víspera además de estar exhausata, estaba enojada con todo el que portara los genes de mamá "caprichitos", como ella la solía llamar.

Pero bebió hasta saciar su sed y comió hasta sentir que era suficiente. El platillo que su caprichosa y bondadosa madre acomodó a un costado de su lecho y que su suicida y generosa tía con tanto cariño había preparado, le recordó a Adriana las razones por las que seguir luchando por el amor de su vida: su familia. Porque después de todo no se trataba de no estar solos, se trataba de demostrar que te sujeto fuerto de los brazos para juntos seguir mirando al frente aunque sientas que no hay más ánimos, aunque crreas que ya no hay futuro en el sendero que te toca caminar.

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