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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Luces y sombras

La luz atravezó descalza la jornada de partículas de aire y el sílice, sodio y caliza mezclados a punto de sólido sobre mi mesa.

El vidrio, amo y señor de las cosas reflejantes, de las mentiras, halagos y deformaciones; la difractó, la corrompió, la tomó en sus manos cortantes y la rompió en mil haz. Esperó a que fueran una escasa luz mortecina sobre mi papel y el grafito comenzó a tallar.

Luces y sombras, decía la memoria mientras el lapiz desencajado continuaba escribiendo, casi exhausto.

Siempre hay unas letras que son groseras, me dijo cuando lo interrogué sobre su profesión.

-Soy -dijo- de esos cinceles punta de piel, que se deshacen y con su trabajo rutinario aunque sea arte, dejan generosos un poco de sus cuerpos que se parten, porque aún hiriente punzón que viene, presiona y pica, muestra la hoja más pulcra y blanca, tener la habilidad necesaria para que nos desgaste y siempre dejemos algo escrito en el papel...

Y se quedó inmóvil por un momento a mitad de la moribunda tarde.

Todo en movimientos lentos, silenciosos, muy despacio. La hoja abierta, a media historia, sin poder mirarme, expectante. La luz, sombría, en retazos, por cada ángulo compartida. El vidrio de mi vaso, de cada rincón en que la luz regía, él se sabía gobernante; y mi lapiz de cansada voz grave y vibrante, veía la hoja que lo desgastaba y luego volteaba a mirarme a mí.

-Despacio -concluyó- morena, despacio es morir mejor.

Al principio yo no quise comprender lo que me decía, seguí embelezada, contemplando lo derecha y redondita que me salía ya, la letra.

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