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domingo, 15 de diciembre de 2013

Cecil

Cecil emanaba sangre a borbotones en tanto su cuerpo se contraía en convulsiones violentas, no dejaba lugar a dudas, sus compañeros sabían que iba a morir; quizás por eso lo miraban con lástima y profundo pesar, alguno de ellos continuamente pensaba en als palabras que había dicho acerca de la esperanza, la forma en que luchaba por proteger al desvalido, siempre tan cabal y decidido, siempre tan convencido.

Su mirada aterrada se clava en los ojos de los presentes de un lado a otro. Tal vez querría gritar, pero quizás el rictus doloroso que contrae su abdomen, la certidumbre de la muerte que se aproxima volando o las heridas que cubren su cuerpo -quizás la remembranza, quizás la desesperanza- no le permiten emitir ni un quejido.

La agonía continúa y es lenta. El peligro, el desasosiego, la adrenalina que aún produce, hacen que él escuche sus voces claras -llanas-, vea sus rostros nítidos con expresiones de horror, tristeza, impotencia frenética ys sus movimientos lentos. Sabe que se muere. Sabe que ellos saben que va a morir e imagina algunos de sus pensamientos; acierta a la mayoría de ellos.

Es capaz de percibirlo todo, de pausar momentáneamente una escena para mirar otro punto y luego volverla a recuperar, pero la angustia continúa igual de latente que el desconcierto que sintió cuando alcanzó a atisbar el primer golpe asesino.

La sangre que resbala pesada -y aun fugaz- intoxica su garganta.

Vuela al infinito y en un segundo vuelve a caer, porque el cielo aún es muy pequeño y de tantos "hombres y mujeres buenos", se encuentra totalmente repleto. Ya no hay sitio para él.

Vuelven a iluminarse sus pupilas, vuelven a colmarse sus ojos de sal. Lo contiene. Tirita. No habla. No llora. No grita. Su pecho está a punto pero no termina de estallar.

Le duele el frío, lo duro del pavimento, la falta de brazos que lo sostengan por última vez, la rutina que termina, el futuro previsualizado, la próxima ausencia que quienes lo conocieron van a percibir.

No le gusta ser una víctima, no le gusta que lo puedan ver morir y no quiere imaginar lo que dirán sus conocidos de su muerte mañana, cuando ya no esté y  no se pueda defender.

Siente que debe llevar muriendo el tiempo del universo, pero nadie se atreve a acabar con su sufrimiento.

Cecil muere... Cecil vive con cada golpe que asesta la convulsión.

Cecil se ausenta. Un ligero suspiro se cuela por su garganta desde su pecho y muere solo, después de un calculado festejo del enemigo, sucumbre.

Pero es verdad, en ese final que es por costumbre la única certidumbre entre razas, credos y géneros, Cecil hizo un ave de su pensamiento para despedirse al tocar delicadamente a quien ocupó su mente en el último instante, en donde siempre había tenido lugar.

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