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domingo, 15 de diciembre de 2013

Artilugios para el desamor

Una noche -con trágicas luces amarillas enmarcada- sentada en el sillón -recargada en la madrugada- cantaba tu nombre bajito y podía sentir que me soñabas.

Otra de las noches en que marqué tu signo en rituales mortecinos para jurar que jugué a querer pero bien sabía que no te amaba, al repasar de tu torso la piel -que yacía junto a tu amada-, aunque no preciso el instante, me enamoré.

Huí a romper el cristal que me aprisionaba y que reposa su peso en el marco de la ventana para gritar en silencio que yo no estaba enamorada, porque después de tanto tiempo de permanecer sola y fría junto a la tez que antes tantas veces me hizo fenecer, pude percibir que la luz de tu mirada dentro de mí brilló por primera vez como llama blanca.

Lo que había comenzado como juegos y artilugios para no padecer en soledad mi desamor, se torbana en una violenta ráfaga y chocaba contra mi pecho en esa noche bella y lúgubre, y tibia y entre cadenas de antiguas "dueñas": fija, adormecida, dolorosamente atada.

Porque hay goces que de vítores en alucinaciones se estampan, y hay palabras sombrías que comienzan como susurros con mentiras de Alhambra, que tus besos me los guardo porque al contacto con el humo de mi cigarro, se mueren y apagan, pero en mi triste mentira, te hiciste real y te extrañé por primera vez con fuerza de adoloridas garras, fueras tú mismo verdad o falacia.

Y al cerrar los ojos, recordé tu artilugio mágico del "querer": -¡Que conservara mi corazón aparte, que dejara a mi alma intacta! -como si alguna vez que besé, hubiera podido conservar a mis bíceras protejidas con espléndidos escudos y dotada de perfectas armas.

Pero esta noche te escuché cantar en silencio mi nombre y supe que ya sentías que te soñé solitaria en mi habitación de luces amarillas y trágicas.

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