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viernes, 9 de agosto de 2013

Coma

Era la niña de las comas más bonitas que hubiera visto, y le gustaba escribirlas para mí. Presionaba un punto marcado con elegancia y un giro tan suave y fugaz como la piel de sus manos.

Adivinábase un hilo invisible tirando de cada letra pero, especialmente, halando con dulzura de ese precioso signo de puntuación.

Su nombre era Kömma Virgul-Illia. Era extranjera y no reparaba con tanta profundidad en las espectativas que quienes la rodeaban tenían de ella. Vivía y dejaba vivir.

Quizás por eso era que esas comas le surgían como inesperados trazos sin ton ni son y sin embargo tan puntualmente acabados en el espacio casi métricamente marcado. El tiempo le venía a caer por sutileza siempre en el momento exacto; no llegaría tarde nunca, ni antes en exceso, llegaría siempre cuando cada coma debería caer con precisión... a tiempo.

Demasiado antes o con holgura después, la harían presa de las contingencias que lo planeado casi nunca logra suponer. Olvidaría su escencia y daría satisfacción a intereses muchísimo menos trascendentes y ajenos. No lograría nada, en vez de comas, haría "comos" o "camas" o "canas" o algo peor. Círculos no concretos, vueltas en rededor, atajos a vacíos abismales, azules y grises en vez de hermosos signos de puntuación.

Tenía los dedos azules y negros, muy resecos. El cabello siempre enmarañado como sus ideas, sueltas y confusas aunque las trajera sujetas bajo un moño fuertemente atado. No esperaba por ser leída, pero a mí me gustaba leer.

Cuando a presión forzaba de sus cuentos el final o la caída, se leía exhausta, alterada o confundida, no lograba concretar sus escritos en nada y sus comas parecían de ella misma, tan sólo una imitación.

Kömma le preguntó a una maestra un día: -¿Cómo escribes la música, Matilda? ¿Cómo impregnas tu composición?

Y Matilda le contestó al punto y sin medida, con lágrimas en los ojos: -¡La escucho en mi mente, las letras, la música, cada nota en mí suena fuerte! apaga o reduce el ruido del exterior...

Coma entonces aprendió a navegar errante en una sola dirección, al parqué de la inspiración, a seguir gustosa lo que había planeado siempre pero en consciencia de permanecer a la escucha de las comas en su corazón.

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