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viernes, 30 de agosto de 2013

Tengo ganas...


Tengo ganas de dormirme hoy muy lejos, en una luna extraña, descolorida, solitaria.

Tengo ganas de dejar cerrada el alba y no ver venir la madrugada, sofocar en un dolor siniestro todo el aliento. Sin suspiros, sin menoscabos, sin remordimientos.

Tengo ganas de alejar mi gente amada, ser una en la tierra inmensa para apreciarlos a todos enteros, para verlos imaginarios a todos, perfectos en mi anhelo pero siempre completos, nunca en porciones rebanadas.

Tengo ganas de escurrir las letras que resbalan gota a gota como hielos por mi espalda, frías, sin un pesar, sin un diambular de marionetas falacias y macabras.

Tengo ganas de mirar tus ojos en mi espejo, de ver que eres yo en la dimensión alterna que configura a tu cuerpo, que sonrías con sorna cuando sonrío yo.

Tengo ganas de silenciarte un momento, admirarte sin mentiras, escucharte sin palabras.

Tengo ganas de recomponer mi espalda y el peso del tiempo perdido que tira de ella hacia atrás porque tiene miedo de caer al suelo.

Tengo tantas ganas de abrazarte y beberme tus pesares y guardarlos todos aunque me desgarren por dentro, sólo para verte sonreír sin que al rictus lo invadan intermitentes nubarrones negros.

Tengo ganas de saber que no se ha ido tu mirada, que tus gestos siguen marcando el compás que escucha mi alma. Tengo ganas, tengo tantas tantas tanas ganas de un descanso del mundo entero para poderte hacer feliz a ti.
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lunes, 26 de agosto de 2013

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"Que rocambolezca me parece la vida cuando me parece que todo es mentira"
Bebe. (https://www.youtube.com/watch?v=UpMfvmDgKuA)

Hay pensamientos que se quedan guardados en el baúl de los recuerdos. Hay sueños que se quedan escritos con tinta indeleble a nuestras almohadas y luego estás tú, lo que siempre creí y nunca debí decir: en #Twitter.
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lunes, 12 de agosto de 2013

Mi vida loca

Cerca de casa tengo un ruso que toca el piano en las mañanas tristes y en su tiempo libre habla de Rasputín; un par de cubanos que tocaron guajiras, uno dice que Sabina ha sido un maestro, casi un mago.

Tengo también una cantante de ópera que no habla de nacimiento ni alemán ni italiano sino español, un poeta de abolengo que es descendiente de negros, quizá africanos.

Un grupo selecto de doctores-actores, maestros de colores, simpáticos licenciados y profundos ingenieros en formación. Tengo huestes de mentes ávidas y nuevas agrestes.

Un mural nuevo al mes que nunca está a tiempo en enero. Un piso para andar sonoro y hueco y un par de pisaditas locas que suelen correr por él.

No señores, yo no miento, eso del azul celeste es solamente un cuento, el que viene por aquí aprende algo sin que cueste, un mundo sin conocer dentro de las paredes que se revisten del azul cielo, y un evento nuevo cada mes.
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Conciencia Averiada

Esta mañana desperté y escuché el ruido de un grillo averiado en mi cuarto.

Mientras yo dormía, él habló estupideces a mi oído, fingió ser mi conciencia sobre mi almohada. Oí sus mentiras toda la noche y parte de la madrugada, como llevada por hilos nunca vistos, como una marioneta macabra, habría salido a sentir el frío viento que sopló el crepúsculo al jardín y a tientas como sonámbula manipulada, habría saltado por la ventana... pero abrí mis párpados -todavía cansados- a tiempo...

Escuché su estridular de grillo torturador descompuesto. Lo busqué sin tanto ahínco y lo encontré con una mueca burlona en la faz pintada. Lo que aún no entiendo es por qué, además de ser un grillo y tener cara, había dentro de su sonrisa una hilera de pequeños dientes afilados incontables que al rayo de la luz en mi cuarto, brillaban.
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viernes, 9 de agosto de 2013

Coma

Era la niña de las comas más bonitas que hubiera visto, y le gustaba escribirlas para mí. Presionaba un punto marcado con elegancia y un giro tan suave y fugaz como la piel de sus manos.

Adivinábase un hilo invisible tirando de cada letra pero, especialmente, halando con dulzura de ese precioso signo de puntuación.

Su nombre era Kömma Virgul-Illia. Era extranjera y no reparaba con tanta profundidad en las espectativas que quienes la rodeaban tenían de ella. Vivía y dejaba vivir.

Quizás por eso era que esas comas le surgían como inesperados trazos sin ton ni son y sin embargo tan puntualmente acabados en el espacio casi métricamente marcado. El tiempo le venía a caer por sutileza siempre en el momento exacto; no llegaría tarde nunca, ni antes en exceso, llegaría siempre cuando cada coma debería caer con precisión... a tiempo.

Demasiado antes o con holgura después, la harían presa de las contingencias que lo planeado casi nunca logra suponer. Olvidaría su escencia y daría satisfacción a intereses muchísimo menos trascendentes y ajenos. No lograría nada, en vez de comas, haría "comos" o "camas" o "canas" o algo peor. Círculos no concretos, vueltas en rededor, atajos a vacíos abismales, azules y grises en vez de hermosos signos de puntuación.

Tenía los dedos azules y negros, muy resecos. El cabello siempre enmarañado como sus ideas, sueltas y confusas aunque las trajera sujetas bajo un moño fuertemente atado. No esperaba por ser leída, pero a mí me gustaba leer.

Cuando a presión forzaba de sus cuentos el final o la caída, se leía exhausta, alterada o confundida, no lograba concretar sus escritos en nada y sus comas parecían de ella misma, tan sólo una imitación.

Kömma le preguntó a una maestra un día: -¿Cómo escribes la música, Matilda? ¿Cómo impregnas tu composición?

Y Matilda le contestó al punto y sin medida, con lágrimas en los ojos: -¡La escucho en mi mente, las letras, la música, cada nota en mí suena fuerte! apaga o reduce el ruido del exterior...

Coma entonces aprendió a navegar errante en una sola dirección, al parqué de la inspiración, a seguir gustosa lo que había planeado siempre pero en consciencia de permanecer a la escucha de las comas en su corazón.
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