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domingo, 24 de marzo de 2013

Muy Lento

-¿Por qué peleas, hombre? –me dijo.

Lo miré, lo calculé, lo medí, lo valoré. Siniestro, vestido de gris: siniestro.

-¿Por qué peleas, hombre? –volvió a decir.

En mis entrañas anidaba el más profundo odio y recelo, “¿por qué peleas, hombre?”, me dice el orondo, sin compartir mis desdichas y anhelos, “¿por qué peleas?”, como si no supiera que en mi tierra las mujeres y los niños de hambre se están muriendo, que no quieren escucharnos, que estamos abatidos, que hemos muerto.

“¿Por qué peleas?” resonaba en mis oídos, estallaba en mi cerebro. Y el filo de la navaja que en mi puño ardía, me quemaba por soltarla y de un tirón rasgar su cuello, pero su calma viva, su paz radiante y la frescura que sus dedos a mis palmas del ardor protegieron, tranquilizó con voz subrepticia, delicada, casi celestial. 

Solté la navaja al tiempo, acarició mi mejilla con su mano y sin saberlo llegó su caricia en esencia hasta mi pecho. Limpió las lágrimas que se agolparon urgentes a mis ojos y me abrazó despacio, contenedor, muy lento. Me hizo trizas a mí, que de tantas víctimas hacía gala de mi empeño, y urdió profunda la piedad hiriendo a mi voluntad de fiero acero, propagaba despacio como se pueblan celosas de espacio las estrellas en el cielo, la intensa necesidad de ser íntegro: de ser bueno.

Trajo pan para el hambriento, trajo también armas más poderosas que el propio hierro, nos brindó potente fuego, nos dio una razón de vivir y la esperanza de un trabajo certero.

Años después supe de quién se trataba el hombre de traje gris, casi al final de mi camino, -aunque su nombre no quiero decir- después de haberlo comprendido, conocí su historia triste, su familia había muerto a manos de temibles asesinos y asaltantes que no tenían nada más que pelear porque las mujeres y los niños que en su pueblo de hambre estaban muriendo.

Y resonaron en mi mente como sentencia de amar siempre: -Hombre… -despacio a mis oídos -¿por qué peleas? – a mi corazón, lento; muy lento.

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