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domingo, 31 de marzo de 2013

RIMA VIII


Cuando miro el azul horizonte
perderse a lo lejos,
a través de una gasa de polvo
dorado e inquieto,
me parece posible arrancarme
del mísero suelo
y flotar con la niebla dorada
en átomos leves
cual ella deshecho.


Cuando miro de noche en el fondo
oscuro del cielo
las estrellas temblar como ardientes
pupilas de fuego,
me parece posible a do brillan
subir en un vuelo
y anegarme en su luz, y con ellas
en lumbre encendido
fundirme en un beso.


En el mar de la duda en que bogo
ni aun sé lo que creo;
sin embargo estas ansias me dicen
que yo llevo algo
divino aquí dentro.

Gustavo Adolfo Becquer.
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domingo, 24 de marzo de 2013

Muy Lento

-¿Por qué peleas, hombre? –me dijo.

Lo miré, lo calculé, lo medí, lo valoré. Siniestro, vestido de gris: siniestro.

-¿Por qué peleas, hombre? –volvió a decir.

En mis entrañas anidaba el más profundo odio y recelo, “¿por qué peleas, hombre?”, me dice el orondo, sin compartir mis desdichas y anhelos, “¿por qué peleas?”, como si no supiera que en mi tierra las mujeres y los niños de hambre se están muriendo, que no quieren escucharnos, que estamos abatidos, que hemos muerto.

“¿Por qué peleas?” resonaba en mis oídos, estallaba en mi cerebro. Y el filo de la navaja que en mi puño ardía, me quemaba por soltarla y de un tirón rasgar su cuello, pero su calma viva, su paz radiante y la frescura que sus dedos a mis palmas del ardor protegieron, tranquilizó con voz subrepticia, delicada, casi celestial. 

Solté la navaja al tiempo, acarició mi mejilla con su mano y sin saberlo llegó su caricia en esencia hasta mi pecho. Limpió las lágrimas que se agolparon urgentes a mis ojos y me abrazó despacio, contenedor, muy lento. Me hizo trizas a mí, que de tantas víctimas hacía gala de mi empeño, y urdió profunda la piedad hiriendo a mi voluntad de fiero acero, propagaba despacio como se pueblan celosas de espacio las estrellas en el cielo, la intensa necesidad de ser íntegro: de ser bueno.

Trajo pan para el hambriento, trajo también armas más poderosas que el propio hierro, nos brindó potente fuego, nos dio una razón de vivir y la esperanza de un trabajo certero.

Años después supe de quién se trataba el hombre de traje gris, casi al final de mi camino, -aunque su nombre no quiero decir- después de haberlo comprendido, conocí su historia triste, su familia había muerto a manos de temibles asesinos y asaltantes que no tenían nada más que pelear porque las mujeres y los niños que en su pueblo de hambre estaban muriendo.

Y resonaron en mi mente como sentencia de amar siempre: -Hombre… -despacio a mis oídos -¿por qué peleas? – a mi corazón, lento; muy lento.
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