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martes, 24 de abril de 2012

Instinto Básico

Su naturaleza genética le había dado la fcilidad para sentir lástima por ella misma y chantajear a las personas con esta.
Cada vez que tenía oportunidad, me recordaba todo lo que no tenía, todo lo que me faltaba, todo lo que no le había dado.
Yo, por el contrario, encontraba –según teorías de Freud– cierto placer vengativo en quejarme de ella con los demás.
Ella no terminaba de comprender que su madre no la había deseado antes de nacer, que su padre renegaba de ella, que sus amigos eran traicioneros, que el mundo la encontraba dentro de la misma masa informe, una estrellita casi especial, pero con más gramos de mediocridad, una más y ya; y que yo la había dejado de amar.
Lloraba cuando hablábamos por teléfono al decir mi nombre, y yo –sádica asesina de ilusiones– disfrutaba su sufrimiento dulce al paladar.
Era mala, yo también estaba predispuesta de nacimiento a ver el llanto de un animal moribundo y hacerlo sufrir más. La mitad del trozo de alma que aún tenía, moría sucesivamente cada vez que disfrutaba el dolor en los demás, pero era solo el alma, ¿qué más da?
Era como el sabor de la sangre. Era como prenderte el corazón de adrenalina. Un hombre que es brutalmente herido, tiene la reacción instintiva de atacar también. El primer acto reactivo de una persona con dolor, es un movimiento violento contra sí mismo o contra quien pueda alcanzar.
Es curiosa la forma sardónica en que se hizo la creación de Dios. Yo no la dejaba ir aún, quería tenerla cerca porque la necesitaba para saciar mi angustia de saberme poseedora del poder de su estado anímico. Yo nunca fui la muñeca rota, yo siempre fui la que la manejó.
Si, está rota la muñeca nuevamente. Si, la que la rompió otra vez… fui yo.

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