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martes, 24 de abril de 2012

Instinto Básico

Su naturaleza genética le había dado la fcilidad para sentir lástima por ella misma y chantajear a las personas con esta.
Cada vez que tenía oportunidad, me recordaba todo lo que no tenía, todo lo que me faltaba, todo lo que no le había dado.
Yo, por el contrario, encontraba –según teorías de Freud– cierto placer vengativo en quejarme de ella con los demás.
Ella no terminaba de comprender que su madre no la había deseado antes de nacer, que su padre renegaba de ella, que sus amigos eran traicioneros, que el mundo la encontraba dentro de la misma masa informe, una estrellita casi especial, pero con más gramos de mediocridad, una más y ya; y que yo la había dejado de amar.
Lloraba cuando hablábamos por teléfono al decir mi nombre, y yo –sádica asesina de ilusiones– disfrutaba su sufrimiento dulce al paladar.
Era mala, yo también estaba predispuesta de nacimiento a ver el llanto de un animal moribundo y hacerlo sufrir más. La mitad del trozo de alma que aún tenía, moría sucesivamente cada vez que disfrutaba el dolor en los demás, pero era solo el alma, ¿qué más da?
Era como el sabor de la sangre. Era como prenderte el corazón de adrenalina. Un hombre que es brutalmente herido, tiene la reacción instintiva de atacar también. El primer acto reactivo de una persona con dolor, es un movimiento violento contra sí mismo o contra quien pueda alcanzar.
Es curiosa la forma sardónica en que se hizo la creación de Dios. Yo no la dejaba ir aún, quería tenerla cerca porque la necesitaba para saciar mi angustia de saberme poseedora del poder de su estado anímico. Yo nunca fui la muñeca rota, yo siempre fui la que la manejó.
Si, está rota la muñeca nuevamente. Si, la que la rompió otra vez… fui yo.
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martes, 17 de abril de 2012

Trozos

Jasper Johns, Skin with O’Hara Poem, 1963/1965
Me romí azul marino y centellas, me quebré el brazo en pluma, desgarré mis ojos y desangré tinta china por las manos, pero hastiada de escucharme llorar en propia voz, te miré altiva, balanceando tu cadera al son de tu frustración y me quebré el papel también.



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martes, 10 de abril de 2012

No nací blanca, mujer.


No nací blanca, mujer, porque habría de venir a enseñarte cómo se quieren los negros, como desnudan la carne del avergonzante desuello y caminan acompasados al unísono del son. Para mirarse, para adorarse tal cual los hizo Dios.

No nací blanca, mujer, porque tenía que mostrarte que tu soberbia desbordante, te haría maniquí iluso y delirante de una realidad que jamás existió.

No nací blanca, mujer, porque a tus insípidas pasiones habría de enseñarles, cual jinete sobre caballo trotón, las peculiaridades y entrañables artes de un torso de otro color.

No nací blanca, mujer, porque los ojos claros no iban a serte galantes, esos son los que vine a alabarte yo.
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martes, 3 de abril de 2012

Verbos que callan

Porque iluminas, centella del aura, mi soliloquio de bellas buenas nuevas como de abultadas tardes vagas. Te quiero.

Si he sido orgullosa dueña de la radiante luz en ráfaga que acontece por las mañanas en mi habitación, ¿por qué no habría de adorar también la silueta lúgubre que al alba danza con el farol?

Amo los verbos que callan cuando se miran a los ojos y comprender que no hay más qué decir, y amo también las palabras que resbalan porque nacieron tristes y tristes saben que habrán de morir.

Amo querer ser apasionada, me deleitan las llanuras verdes y vastas de todo aquello que habré de alcanzar a ver.

Resuello incontenible en mi propio espíritu cuando decido “ya no he de tener miedo”, y me convierto en una canción, con los pies azules, con la voz naranja y los signos reconocibles se vuelven un estúpido furor de innecesarias gélidas que estallan en rendición.
Se siente más de lo que se habla, se habla más de lo que se vive y se escribe menos de lo normal. Acontecemos como segundo efímero-esperpento que no asume su profunda e innegable espiritualidad: Se ama la luz del alba, se ama el anochecer; porque ha de vivirse con plenitud de psique, alma y palabra antes que decidir desfallecer.

Quiero querer al herido por algún fatuo rufián, quiero que sea mi amigo el que se ha quedado
atrás.

Quiero nacer cada día como la amante sin tregua de convicción y afán.

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