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lunes, 24 de octubre de 2011

Rutina

(El sol está viejo)
El sol ha envejecido, nos consume vivios, como el egoista Saturno una vez, ha decidido devorarnos, nos calcina y, en ello, se regocija.

El sol nos vive, no lo vivimos más, nos tuesta y nos quiebra. Nosotros crujimos, desaparecemos. Morimos.

Su hermana y amante, nos alivia como enfermiza e incestuosa madre, lame nuestras llagas vibrantes, nos calma un poco, sopla nuestras heridas y llora, ¡ah, si llora!, barre las calles con su melancólica agonía; sufre de ganas de enfrentar al sol y pedirle que nos deje vivir en paz.

La luna siempre ha sido envidios y fría, se muere de celos, intenta darnos luz, una insignificante, y respira en nosotros para intentarnos calentar, se frustra en sus intentos y se marcha nuevamente; pero al llegar el sol, radiante e intransigente, nos expande de calor, nos muestra tanta pasión, apenas nos bendice un poco con sus desaires.

Así que cada noche nos persigue la insipiente dama redonda y plata, nos acosa mientras nosotros le huimos, nos cobijamos en los escondrijos, dormimos, pero al descansar, en un punto medio, nos mira soñar. Sopla las velas.

Los días así, se siguen equivocando, nos rondan coraces para consumir los pocos minutos le robamos al tiempo. Somos unos mediocres y desanimados moribundos hambrientos, lo poco que tenemos, lo poco que alcanzamos a obtener, viene cualquier conquistador a reclamar con tezón.

El sol nos vive y nos muere, transcurre al caminar por la cúpula celestial; despacio: nos muere.
Nosotros, ¿nosotros?... Solo a vces nos detenemos para mirarlo pasar.

1 comentario:

Daniel Ruiz Acero dijo...

Y sin él no podríamos siquiera verlo a él mismo. A veces es tan fuerte y tan imponente, que nos ciega incluso en nuestra aparente visión.

Y la Luna, la Luna, es sólo el espejo de la amante, como cuando se reflejan nuestros ojos en los ojos brillantes de quien nos ama.