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sábado, 30 de julio de 2011

"Ella fue cuatro lunas más adentro de mi alma"
Carlos Varela
Hicimos un par de canciones antes de que te olvidara, y ahora recortaba tu silueta; solo su contorno de mis recuerdos.
Cuando te pienso -más de lo debido-, la sobredosis de realidad impregna mis sentidos, embota el dolor estruendoso que por su fuerza me aletarga, entonces lloro quedito, me hiere como las trémulos gotas constantes en una superficie sólida, casi imperceptible; unas mil cuatrocientas cuarenta veces por día... Incontenible. Lacerante. Mórbida: Infeliz.
La ironía jala de mi voluntad ardiene al piso, tira mis fuerzas, hace destrozos y juega -enferma- con mis rodillas quebradizas si tomo valor para observar tus fotos y no reconocerte ahí, tan blanca, tan negra, tan gris... y un hilo de palabras constrastantes que ni solitarias ni juntas, te describen a tí.

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lunes, 4 de julio de 2011

Lluvia...

La dibuja sonora, impaciente y falta de color.

La vislumbra, la pule, le da vida, le da pasión.

La deja caer palmo a palmo, con desquiciante rapidez, resbala por el contorno de tus cabellos.

Ahora suelta, ahora fugaz, ahora limpia, pura, pulcra oliendo el perfume de tu pelo, en un instante, fundiéndose con él.

La escribe llana e hipnotizante, la recrea bautizándonos sollozante. La hace fría, la hace constante. La hace un mar de amor, sus caricias eternas en flor. Le crea vida. La hace lluvia... la inventa Dios.
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Para quien escribe lluvia

Como tenía un centenar de lecciones mutiladas, me dediqué a sacar únicamete lo indispensable de cada diálogo y me gustaba terminar las oraciones que otras personas empezaban.

-Para quien escribe "lluvia... -dijo alguien.
-Tengo un cúmulo de ternura -contesté.
Sin más, recibí un azote en la cabeza.

Para quien escribe "lluvia", que no es el más fervoroso entusiasta, doy otro poco más de minutos en falso, quito el recio corazón vibrante maltrecho que cree conquistar las miradas idólatras del amor inalcanzable y ensalso la bendición con que fue construido un ser tan colosalmente sensible y amante de las cosas buenas que desde el tuétano son para el bienestar de la razón y la emoción.

Quien escribe lluvia, no llora. Quien escribe lluvia, la mira, capcioso, rodar despacito en cada gota, como quien mirara el cielo, pensando en Dios al infinito. Y tiene mil vidas en cada cuna de un nuevo resplandor en su entender, cada maravilla le resulta eternamente exquisita, admira y reposa sin necesidad de sentir su alma doler.

Por eso yo, a quien escribe lluvia, no le doy una mirada de angustia, le tengo una admiración profunda y un hilo de intentos por entenderlo a él.
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