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jueves, 23 de junio de 2011

Tal para cual


Para dejarse amar, tenía que contarle historias fantasiosas.
¡Pues mira!
¡Que buena pareja vinimos a hacer!
A mí me gusta mentirte, y a tí te gusta creer...
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Semanario IV: Jueves

La vida llama: -¡Estás a mitad de semana!
La vida clama: redención.
El lugar justo. El lugar óptimo para percatarme que me encuentro en el medio de los propósitos terrenales y los que ya terminé.
Avasalladora verdad, hiriente contraste.
He atravesado y dejado atraás el preludio para celebrarme que logré alcanzar la punta de otra semana más...
¡Feliz Jueves!
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jueves, 2 de junio de 2011

Adicción

(A. Pizarnik)
Porque unía las leyendas con los sucesos del día.

Alejandra -que me suena el nombre de ultratumba, como si existiera en otra vida- sujetaba dos de las tiras iridiscentes y cambiantes del tiempo; ella lograba mezclar la ficción con la realidad y olvidaba, cuando soñaba, que lo que leía eran páginas y lo que veía era su imaginación.

A veces también escribía, parecía poseida, olvidaba que sus creaciones estaban hechas en presente simple y no requerían mayor explicación. Pero no escribía lo que quería, las letras obedecían a lo que ellas mismas querían comunicar.

Se mezclaban sus ideas con la realidad en donde, paulatinamente, las personas a su alrededor tiraban de la historia con sus lengua al pronunciar diálogos completos de lecturas particulares.

Alejandra amaba tanto leer, amaba tanto imaginar y crear, que sus lecturas comenzaban a volverse en su contra, eventualmente quedaba noqueada por alguna de ellas.

Extasiada, sin decir palabras, mirando años luz el infinito, sus amigos la encontraban tirada en el piso, con sangre en la nariz y las pupilas dilatadas. A veces la sobredosis de conocimiento era tan concentrada, que dejaba a su cerebro perplejo por una semana.

Ocurría todo en orden, a destajo: la piel sensible, los bellos de punta, las yemas de los dedos secas, oliendo a sucias hojas nuevas, escalogríos, la mandíbula crispada, las cejas arqueadas, los brazos en posición de contención y las piernas cruzadas, los labios secos, entre ellos, su lengua articulando letras sueltas que pronunciaban palabras dispersas y vanas, su palmas pesando, su cabeza pesando aún más. Era el poder divino y mundano de sus libros favoritos.

Le gustaba escribir títulos cortos, silabear las oraciones de mayor importancia y sembrar dudas poco escondidas en indirectas bastante marcadas, era la reina del reino de tinta y nadie por eso la aclamaba, pero estaba felizmente trastornada.

Como siempre, sus lectores la leían gritar.

Era sin duda, la mujer más veloz, la más sagaz, la silueta lúgubre y ágil de la ciudad, era lo que no eran sus lentes de gran armazon en la realidad.
Era la fuerza que no tenían sus delgadas y blancas rodillas, la firmeza de sus quebradizos huesos, la realeza que le faltaba a su voz.

Era bella y era alabada.

Cuando estaba triste y se sentía muy solitaria, se cantaba el coro de una vieja canción, que oyó contigo: "...si te reencarnas en cosa, hazlo en lapiz o en pincel y gala de piel sedosa, que lo haga en lienzo o en papel; si te reencarnas en carne, vuelve a reencarnarte en tí, que andamos justos de genios, Eugenio Salvador Dalí...", nombre que ella cambiaba por "Aleeejandra Pizarnik.

Así se fue al viento una noche y amaneció en tus manos como pluma con tinta en derroche...
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