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sábado, 9 de abril de 2011

Difractación

Si, disfracé a una mujer con mis plegarias. Vestí a otra con mis deseos, arropé a miles con mis lágrimas porque amaba... amaba inconteniblemente, amaba hasta morir desangrada, amaba hasta ya no poder ni siquiera el dolor sentir.

Amaba las ilusiones y con sus nombres las etiquetaba: la elegancia de una flor, la voz del alma, la musa de arcilla y corazón. Si, las perdí a todas. Si, sin duda eso me rompió la calma. Me amaba a mí en las versiones difractadas, ubicadas con sus caras, muñecas frías de plásico, barro, plastilina o porcelana las más deseadas, pero solo actrices de papeles sin matices, fascistas por poseer una manta blanca desde la frente hasta la barba, para poderlas decorar con lo que a mí me hiciera falta.

Ahí, nadie. Ninguna. Todas ellas obtusas, llanas, yo solo estaba enamorada de mí y me veía dentro de cada "amnesia" personificada: Patricia, Jocelyn, Susana.

¿Cómo se debe despedir las lagunas de malva? ¿Cómo alejarse del paisaje de confort? ¿Cómo le digo a una de ellas que me marcho? ¿Cómo me alejo de la que tengo fijación? ¿Cómo no aspiro el aroma dulce que enamora, de la que hasta hace unos meses a mi disturbio arribó?
¿Me arranco las bíceras, me arranco las ansias, me arranco el contexto y fundo la razón? Me duele que tan puras, sean todas ellas tan blancas, tan lisas, en segunda dimensión.

La ciencia hiriente de las cuestiones subconcientes me dicen que las quiero porque de niña algo me faltó. ¡Me niego, en pedazos! Me duelen las verdades dichas desde un sillón confortable.
No tengo un switch para apagar la sensación de necesitar un beso y un "te quiero" que ni poco sincero, a quien lo pregona -si fuera hartazgo la comilona de abrazos y buenos deseos- figura siempre su verdadero complemento.

Enséñenme entonces la clave. ¿Quién se siente suficientemene apto para criticarme y sugerirme con consuelo oportuno y un remedio austero que pueda calmarme el dolor y frustración? ¿Quién -bolita de jueces menores- dijo yo?

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