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lunes, 21 de marzo de 2011

La Náusea de Adriana III: Mutismo

Sofía se convirtió al mutismo.

Un día llegó al trabajo perfectamente normal pero tenía un problema, había olvidado cómo hablar.

Se transformó en una silente silueta que recorrió los pasillos, como los fantasmas, aunque tenía un defecto, seguía siendo real.

Las personas siempre claman silencio, pero cuando lo tienen, ya no saben qué hacer con él.

A Sofía la miraban de arriba a abajo cada vez que entraba a una habitación. Cerca de ella, repentinamente todos empezaban a murmurar o, lo que era peor, callar.

La chica sabía en donde iban guardadas las cosas, entendía muy bien qué debía hacer con cada cual, pero su presencia simulaba poco más que una amenaza a la sociedad, simbolizaba la capacidad de hacer los sueños de los demás realidad: -¡Que te calles, Sofía!

Sofía era una plaga, daba miedo, porque nunca decía lo que pensaba o sentía, solo miraba, observaba con detenimiento, mientras sus labios cerrados, sus grandes ojos de elocuentes miradas hablaban con las pupilas.

Las personas solo temían por aquello que no sabían, eso que ella se guardaba cual reliquias.

Sofía era otra más de las mujeres que caminan de puntitas, que no dan respuestas inmediatas, que traspasan con su actitud de metal ardiente y manos frías; Sofía y Adriana eran la misma.

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