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domingo, 13 de marzo de 2011

Las 5 musas

Galia sabía que nos había dejado llorando como gotitas solitarias. No importaba en qué idioma contáramos nuestros pesares, todo mundo nos entendía el dolor.
Simué tenía las uñas de plata y tocaba el arpa guillotina con gran maestría, nadie la igualaba cortando cabezas, cantando canciones.

Irene era la mayor. Nos dio de beber jugo de ambrosía y luego nos colgó por separado, a unos del cuello y a otros de los pies, después nos volvió a dar vida para volver a beber y colgarnos otra vez.

Alana nos miraba a los ojos con los suyos verdes profundos y nos decía lo mal que habiamos hecho en la vida, lo poco que eramos, la gran decepción.

Pero Irlanda tomo nuestros corazones y los arrulló, nos dio de beber, nos dio de comer y nos trató siempre muy bien para dejarnos un día con los sentimientos enredados.

Así se genera en nosotros el síndrome de estocolmo.

Las musas son divinidades menores peligrosas, algunas simulan más bien la parte del mundo que Dios olvidó. Altivas, supremas. Poderosas.

Las musas se encuentran en nuestras manos, en las pupilas.

Hay siempre cosas bellas, exquisitas, pero es en las manos del pintor, del artesano, en los ojos de quien las está mirando, la magia de no poderlas contener. Un amor alimentado y después avandonado, una saliente inmensa del corzaón destrozado, la asfixiante angustia de la soledad.

Asesinas invisibles, se apoderan de nuestro potencial, le dan alas para dejarlo olvidado al final. La inspiración que martillea al arte.

Las musas

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