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jueves, 3 de febrero de 2011

Punto

Me gustan mucho los puntos, me gustan incluso más que los guiones y las comas. Placer supremo solo superado por el acompañamiento de los amigos a sus costados.
Punto, punto, punto: dicen mucho.
Dicen grosera interrupción, estadío y alargamiento, dicen celebración pequeñita de itinerante oración.
Punto.
Me gusta cuando exclama silencio quebrantador, cuando suena en las mejillas como cachetadas, cuando guarda celoso la elocuencia ausente de oratoria.
Me gusta más que nada por su tamaño, muy chiquito, casi minúsculo, no siempre bien ponderado por los amantes de las desgastantes comas, se vuelve necesario y alfil, torre o caballo, es en la jerarquía, de los más astutos y altos, que te finalizan, acomodan y dan sentido a las sin sabores palabras huérfanas de admiración.
Punto.
El punto acota para darte permiso de llanto. El punto eleva para que puedas festejar. Es claro, nunca se anda con medias tintas y no requiere tantas porque no exige trayectorias de líneas ni curvas.
¡El punto es un señor Señor! El punto no es mezquino, es preciso y oportuno, noble y taciturno, de abolengo, nunca difamador.
Punto. Silencio abismal. Algo necio: le gusta siempre tener la última palabra.

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