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lunes, 10 de enero de 2011

La pluma que mamá me regaló

Me encontré frente a frente con una página en blanco, era plácida y serena, a la espera, cálida y suave, tenía forma rectangular y las puntas desgastadas. Me llamaba: -Píntame ahora a mí.
Y yo, como buena raza, de tímidas bajas, la dejé ir.

Repentinamente la hoja tenía la tinta del frasco entero de mi hermano Raúl. Me gritaba desde el fondo de la mesa: -¡Hazme arte con la tinta que estoy empapada por lo menos, si no has de escribir en mí!

Y yo, más serena que su anterior blancura, la dejé ir.

Mi madre llegó y miró el desastre.

-¡Raúl! -gritó- ¡Levanta ese tintero pero ya! ¡Mira nada más el mugrero que me viniste a hacer! ¡Tira esas hojas mojadas, parece revoltijo! ¡Ándale Anita, mi niña! -me dijo- ¡Ayúdanos que se va a absorver la tinta en la madera!

Mi pluma nueva me decía secretitos a la orilla opuesta de la habitación. -Usa esa tinta, Anita, vamos a decorar el salón.

Pero esta vez la pluma si estaba en mis manos, mi vestido y mi tacón, juntas hicimos magia aquella tarde, usando de proyectil bolitas de hoja mojada, de onda la pluma y de bomba yo; decoramos el cuarto de mi hermano, la sala, la cocina y comedor. Pintamos juntos, mágníficos impresionistas, con la pluma nueva que mamá me regaló.

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