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sábado, 2 de octubre de 2010

Grettel


Me deshago como al paso... cada paso, un paso más...

Las gotas de la música, las notas de mi sudor, frías sobre mi espalda, resbalando como articulan los dedos una tecla del piano tras otra va.

Se siente el miedo, mi miedo y su desesperación por encontrar quien produjo sonido tal que daba esperanzas a su víctima, de salvación.

-¡La sirvienta está en la casa!- Lo oí decir.

(Grettel tiene su aroma que hinunda con particularidad. Grettel que se perfuma, sirviente divina, sirvienta diurna muy para su pesar...)

-¡Grettel!- quiebra la voz la armonía de la canción.- ¡Grettel! te puedo oler.

Tiemblo y mi mandíbula castañeando casi puedo escuchar.

-¡Grettel! Te huelo. ¡Grettel! Te he oido pestañear.

(Respiran acompasados y caminan uno tras de otro casi al segundo de ser para el opuesto difícilmente divisado, tras una cortina, un mueble o una puerta; al juego del escondite movible...)

-¡Grettel! Mi copa con tu sangre has de llenar.

Lo leo con las palabras, como en un juego de ajedrez, el llenarme de terror con ellas, solo describe su posición y hago mi siguiente movimiento...

Silencio, más silencio, silencio mayor y embriagante.

-¿Es este un ser tan transtornado?- pienso -No se escucha ni a la gente por la calle al pasar.

-Grettel, te he escuchado ese pensamiento.

-¡Dios!- pienso.

-Dios no ha venido a mi celebración.

Despacio... silencio... un paso... el aire se está congelando, es pesado... despacio... silencio y vuelvo al salón principal.

La sangre alfombra el piso y con cuidado vuelvo a mi escondite inicial...

-Grettel- me dice el joven, suave, soplándome al oído -Grettel... te encontré.

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