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jueves, 23 de septiembre de 2010

Al lector

La necedad, el error, la codicia, el pecado

invaden nuestro espíritu y agotan nuestro cuerpo;

y alimentamos todos nuestros remordimientos

como alimentan los mendigos su miseria.


Los pecados son tercos, débil nuestro pesar;

nos hacemos pagar todas las confesiones,

y tornamos, alegres, al camino fangoso,

creyendo que un vil llanto borra todas las manchas.


Del mal en la molicie es Satán Trimegisto

quien largamente mece nuestro hechizado espíritu

y el metal opulento de nuestra voluntad

se evapora al influjo de tan sabio alquimista.


El diablo es quien nos mueve igual que a marionetas.

En lo más repugnante hallamos un imán;

descendemos un paso, cada día, al infierno,

sin horror, a través de tinieblas que hieden.


Y como un libertino que devora y que besa

el seno maltratado de un hetaira decrépita,

huramos al pasar un goce clandestino

exprimiéndolo igual que una naranja seca.


Espeso, hormigueando cual un millón de helmintos,

hierve en nuestros cerebros un pueblo de Demonios

y cuando respiramos, baja a nuestros pulmones,

la Muerte, río invisible, entre sordos gemidos.


Si el estupro, el veneno, el puñal, el incendio,

no han realzado ya con sus amables trazos

el trivial cañamazo de un mísero destino

es porque nuestras almas no son bastante audaces.


Pero entre los chacales, las panteras, las perras,

los monos y escorpiones, los buitres, las serpientes,

y esos monstruos que ladran, rugen, gimen y reptan

en el infame circo de todos nuestros vicios,


hay uno más horrible, más vil y más inmundo.

Aunque no manotea ni exhala grandes gritos

es capaz de trocar la Tierra en un despojo

y en un solo bostezo se tragaría el mundo.


¡Es el Tedio! -empapado de involuntarias lágrimas

sueña en vagos cadalsos mientras fuma su opio.

Ya conoces lector al delicado monstruo,

-¡hipócrita lector -igual a mí-, mi hermano!


Charles Baudelaire

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