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martes, 20 de abril de 2010

En sueños te volviste a ir

Me quemaba las pestañas, me mordía las cenizas, no daba al clavo y continuaba pensando en ti.

Me dijeron que te delineara como si estuvieras en verdad mezclada en estas palabras, como si escucharas mi voz, tenía que pensarte presente y halagarte, continuarte en donde no te conociera y completarte en mi imaginación.

Eras dorada y rizada, altiva y alejada de mi, fugitiva, endulzada de sobremanera y desquiciadamente frustrante.

Me cansé de seguir las sombras en medio de la oscuridad, solo escuchaba los rumores de tu poesía y me enamoraba nuevamente para caer infinita en la cuenta de la lejanía, la falta de un rostro para abofetear y exigir reconocimiento por mi fidelidad.

Y ahora hablabas del Sol y lo ennoblecías, ahora de la Luna y como de tu palmo la describías, cantabas alabanzas a la vida que yo tan alejada creía que percibía, tu vida, de color chocolate, de sabor caramelo, de aire soberbio en tu nariz.

Asediada de luz directa en los párpados, que se colaba por los huecos y las arrugas en la ropa y en la piel, me desperté de tu media sonrisa en la que discurría entre sueño y sueño y realidad, vagué como la bailarina en la cuerda floja, amarrándome a la inconsciencia sobre la almohada y el entorno que con uñas afiladas me arrancaba a su presencia y te volviste a ir como siempre… poetiza.

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