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miércoles, 31 de marzo de 2010

La condesa y la flor

La condesa caminaba de puntitas, como las gotas de lluvia ligeras sobre las hojas verdes de los árboles, como las notas melancólicas de un piano, gracil cual pluma blanca que acaso es atraida levemente por la gravedad.

El conde era todo un caballero, era hermoso y galante, su estructura, su piel, su cabello, todo en su persona demostraba la opulencia de su situación, con voz grave y ojos pardos imponía sin necesidad de alzar el tono.

La condesa, joven aún, se enamoró de una flor y cada tarde que por el jardín paseaba, su voz como de ave en ave cada palabra abordaba acorde a una melodiosa declamación.

El conde era un hombre práctico y poseía variada experiencia en asuntos de negociación, ¿quién más que él para convencer al padre de la condesa cuando en planes a ella la quería para desposar? Solo este conde, solo este magnánime señor.

La condesa pertenecía a él, porque así se había establecido y, aún a escondidas con la ventaja de un caminar ligero, ella visitaba a la flor.

La flor...

La flor era como tallada por ángeles, cada pétalo que abría revelaba un nuevo secreto, uno que solo contaba a la condesa, la condesa, la que permanecía embelesada por el despertar de la flor en cada que escapar podía de su declarado señor, señor que solo la poseía como si no se tratara más que de otra insignificante e insensible flor.

Pero esa flor que la condesa escondía, sujeta a sus halagos su presencia presumía, fresca, radiante, color melón, por supuesto que sentía, por supuesto que a bellas palabras palpitaba un poco más fuerte su increíble y muy bien oculto corazón.

La condesa miente cuando el conde pinta como impresionista una bofetada que en la dura piel de sus nudillos ha hecho mil grietas, la condesa con la cara como porcelana rota y salpicada dice no saber de ninguna flor.

La flor no entiende que la condesa no la quiere negar, pero si habla de ella el conde la iría a cortar.

Las plantas tienen vida corta, sin la cálida luz del Sol en sus ojos que la bañaba completa, la flor no puede existir, sin las palabras dulces como agua nutriente azucarada, la bella flor puede morir.

La condesa permanece atada, en la soledad de su habitación lustrus y lustros parecen transcurrir, piensa con la boca desgranada, repleto el rostro de húmedos rubíes en la adorada y joven flor, la flor que se está muriendo de falta de amor y el conde que la ha ido a buscar.

El conde encontró a la flor, hecha añicos, destrozada en múltiples secos trocitos y casi en convulsiones de risa su cuerpo se ve doblar.

-No podía ser esta la flor de mi amada, si es así la he lastimado sin razón.

Y vuelve feliz a su morada, abraza a su mujer que llorando está.

-Bella condesa-dice el señor-mi vida cambio por tu perdón, te he hecho daño por una estupida idea de la inexistente flor-

-¿Inexistente?-pregunta la condesa dolorida.

Y al explicarlo, muere al igual que la flor dentro de su pecho su amoratado corazón.

2 comentarios:

Kuro Tsuki dijo...

Woooo!!! Está genial, se me salió la lagrimita. Felicidades!!

Muñeca Rota dijo...

Je je! Gracias Kuro mongol! que raro que te haya sacado lagrimita a ti, je je! gracias por comentar, saludos.