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sábado, 20 de marzo de 2010

El hada que bailó

Te quedaste callada pequeña hada, te sumergiste en los acordes de la canción, descendiste liviana con las telas abigarradas que sujetaban con fuerza tus brazos y tu cintura, enmudeciste ante el intempestuoso aire del sur.
Eras llevada como tocando con la punta de los dedos del pie cada nota en un interminable y tortuoso baile de salón.

Mujer, eras bella al compás, te absorbía tanto y te inundaba, no eras capaz de salir de la vorágine que emanaba del piano y la hermosa voz, y cediste tanto, te arrojaste sin barreras que ayudaran a deternete más tarde, que ahora casi tan desgarbada y áspera como piedra dilapidada te pierdes en los recuerdos de los hijos que engendrabas en tu mente y que solían embelezar al lector y al oyente.

Pintando de rojo las lágrimas de tus asiduos seguidores para que parecieran sangre, te mofabas y disfrutabas, te regodeabas, eras tan noble que te imaginaba etérea y ahora escondes con rasgones de tela tu amorfa silueta, ya no sientes la humedad salada por tus mejillas rodar.

Te ofreciamos la mano los que queríamos la tuya besar, pero no cedías ante los artistas tristes e incompletos, cual climax en una canción, eras impetuosa y al mismo tiempo tan insensible, y ahora nos sigues, nos pides, aún mantienes tus exhigencias de adoración.

Te equivocas muñequita, a tus pies descalzos ya no nos queremos postrar, tienes aún nuestras manos y si gustas con nosotros compartir quizá un trozo de pan, no más que un par de palabras para no dejar a nuestro simbólico corazón lector desfallecer, aún queremos tenerte cerca por lo que a nuestras aspiraciones pasadas tuviste acceso, pero no esperes ser adorada pequeña hada, tu tiempo ya concluyó.

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