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martes, 2 de marzo de 2010

Alegoría de mi México

La luna espectral se proyectaba sobre nuestros brillantes cabellos y la playa, pequeños destellos de inalcanzable luz resplandecían de las olas y descansaban la sombra de su cintura en la arena.
Ella me atemorizó porque no caminaba sobre sus pies sino sobre una espeza bruma vaporosa, y aún más cuando sus aterradores ojos de un café casi rojizo se clavaron en mi piel.

Era llevada por las notas que ambas escuchabamos salir de su garganta, daba pena y temor, eran dos sentimientos alternándose, el dolor de su alma y el horror de su muerte.

Cada vez que tocaba con la línea de las pupilas una peca más en el estremecedor y bien formado rostro de aquel hombre, podía desvanecerme a la profundidad de sus pecados y ella solo quería representar lo que él a este mundo había causado.

Carmen cubría su cuerpo destrozado con un remedo de tela flotante, se tapaba con los huesos en donde antes había dedos los labios y entre ellos soplaba -¡Shhh!- para ser asesinada una vez más, y la ví morir tantas veces, la contemplé de mil formas torturada y devuelta a la realidad, era quien a mi mal planteada alegoría simulaba la multitud de personas acribilladas con un micrófono que ejemplificaba correctamente el tipo de comunicación, unilateral.

Tantas veces se suicidó salpicando gotas de sangre y trozos de carne a mi rostro y mientras moría se burlaba de sí.

Que mujer tan complicada, que animal tan transtornado, vota consigo misma por su propia ejecución, pero al cabo podía ser elegante y fingir dignidad.

Cada vez que la sentía completamente indefensa quería azotarle una cachetada por tanta estupidez, sentí las piernas temblorosas, le tenía tanto miedo, sentí ganas de llorar, quise salvarla y acabar con ella, era de esas Carmens que exigen ser maltratadas para sentirse mejor, tenía que cobijarla, enseñarle un mejor camino que morir, mostrarle paso a paso su propio valor, pero era insulsa y retraida, el odio la consumía, no podía ser feliz pero pretendía que podía sacar valor para pelear por ella.

Carmen continúa muriendo abatida. Ya no acostumbro a preguntarme la razón, ni tampoco espero que pueda mejorar, sigue su camino como zombi, las múltiples convulsiones a las que ha sido forzada para revivir y enaltecer al pecoso y papado prodigio de la comunicación no parecen alterarla más, sus lamentos ni motivadores ni conmovedores parecen ahora un eco de un ruido motriz, así ha sido creada para llorar y sonreir mientras poderosas navajas destrozan hasta el tuétano de su deformado cuerpo.

Carmen sucumbe así.

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