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sábado, 6 de febrero de 2010

Oración

Esta noche hablé con Dios y sus secuases, y una vez más he sido expulsada de su futuro paraiso.

Nunca tan descubierta e intimidada como con la mirada de tan pura alma, uno a uno mis más fieros alfiles fueron derribados por su mágicos ases, y al no movernos en un mismo tablero, al par que desmentía sus argumentos en predicación, le daba al mismo tiempo con el martillo más grande una fuerte bofetada a la fe de mi corazón.

¿Y cómo podría decirle a Él que la razón por la cual yo decidía creer siempre había sido mi 'ella'?

Fuera de cuentas menores, me reprimen las latentes creencias de que Dios me ha de castigar, y alimento mi alma con la esperanza de que siendo buena chica aún me podría considerar, sin entender por qué tan bellos seres a si mísmos Él podía negar.

Después volví a descansar en sus brazos y tan cercana a su respiración volví a glorificar su nombre:

--¡Dios, que hermosa mujer me has dejado conocer!

Aún después de agradecerle por tan maravillosos regalos: mis piernas, mis manos, mis labios, mi corazón. --¡Dios, eres un sabio, único, gran señor!, no quise herirte padre mío, solo quería hacer aquello que vine a hacer, amar a mis semejantes, amarla a ella en especial, a mi pareja, mi alma gemela, mi compartido amor.

Nunca me enseñaron bien a orarte, y ahora que he decido hablarte y sincerarme, aunque me conozcas mejor que yo, quiero decirte que esto no lo hago para negarte, y que aunque antes pensaba en tu paraiso prometido, no puedo menos que volver a darte las gracias porque el mío en los ojos de ella lo conocí.

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