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martes, 9 de febrero de 2010

Étoile: Muñequita Quebradiza

En mi colección de muñequitas ya antes presentadas tengo a las de mirada confundida que me miran y no quieren ver, hay otras orgullosas que se mantienen altivas e inalcanzables para cualquier "mortal", está también la más importante de ellas, aquella que constantemente suelo mimar.

Pero dentro de todo, aquellas rotas, demacradas o relucientes, de castaños y rizados cabellos tienen bien entendida su posición y su valor, todas han sabido cuanto las quiero y todas parecen corresponder en la misma forma, pero una nueva, esa que brillaba como una estrella, la última que alguien cercano me ragaló, parecía a simple vista tan supravalorada por ella misma que difícilmente me acercaba a conocerla un poco más.

Tuvimos uno o dos juegos de ajedrez y comenzamos a conocernos mejor, aunque tal mademoiselle Étoile aún a sabiendas de su valía no parecía querer presumir, al menos no apreciaba el mirar hacia abajo a los seres por los que se acostumbraba a rodear, a pesar de todo siempre había solamente visualizado su rostro unicamente una vez admirado, pues tras un electrónico antifaz a veces sus lágrimas podía imaginar.

Y bien que entrando en clichés las muñecas, estrellas, lunas, majestuosas aves o personitas sin complejidad siempre que sean de cristal suelen atraer más la atención, no eran sus ojos tiernos sino sus sabias palabras las que nos unían cada vez más en franca amistad. Provocó tal vez un ligero malestar en mi más consentido Azahar, nada que una sincera mirada pudiera calmar.

Tal que supe de señorita Étoile todas sus aventuras a través del acuoso cristal, conocí las emociones que en su vida cada día en sus brazos sostenía y aún cuando enojada a trozos las estiraba para deshacerse y escocer las heridas que a veces el amor le provocó.

El juego de ajedrez se deslizó estruendoso cada vez que las lágrimas por sus mejillas empezaban a desbordar -que la quería y que se le iba, que en su pecho una honda herida, que en un enorme agujero negro su corazón iba a implotar- por otra flor un poco envenenada y retorcida, sin saber muy bien lo que quería pronto su ilusión desbordó para lograr decir que una muñeca de cristal genuina, un trozo de estrella ella había alcanzado para sin más dejarlo escapar.
La muñequita de cristal, mademoiselle Étoile quebradiza, en mil partes su corazón rompió solo para después de todo a la flor tardía un retazo de sí misma obsequiar.

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