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martes, 15 de diciembre de 2009

Tu no estás aquí

Leve, vaporosa, ella descansó en mí, pero no miraba mis ojos, ni yo buscaba su boca, porque yo no la amaba y ella no pensaba en mi.
Ella me abrazó primero y mentía al decir ‘te quiero’, yo no detuve sus brazos ni sus manos, cerraba los ojos e imaginaba que eras tú, ahora siento haberlo hecho, pero dormía junto a ella y su cabello no tenía tu olor, seguro tu aroma invadía el espíritu de alguien más, seguramente mientras ella que en otra pensaba al recostar su cabeza en mi pecho no notaba el sonido de los trozos quebradizos de mi corazón que se movían al compás de mi respiración, no pensaba en la frialdad de las caricias, y yo ahora volvía a pensar en ti, igual que esta, tu cabeza recostada en el hombro de alguien más, esa alguien que pensaba en ti igual que lo hacía yo, tenías dos chicas a tu disposición, para correr a tu lado cuando escucharan pronunciar sus respectivos nombres, para dejar ese rincón vacío y frío en el que me refugié, para dejarla a ella, dejar de protegerme y detener la sangre que fluía de mis heridas y cubrirte a ti, salvaguardarte a ti, amarte mucho mucho más que a mí.
Ella no tenía tu estatura ni tu complexión, no tenía el hermoso color de tu piel ni el brillo radiante en tu cabello, y sus ojos aunque color café no tenían esa mirada enamorada que tu solías tener, era bella, sin duda, pero pensarlo demasiado me hería más, ni lo más hermoso que entre los brazos me ofreciera podrían hacer que te olvidara a ti, pero tú estabas descansando plácidamente en otros mientras nosotras nos manteníamos ocupadas con nuestras propias pesadillas.
Las lágrimas bordearon mis sienes por horas, pero no podía suspirar, ya no te tenía, mujer, ya no eras mía. Desconsolada sí, porque cuando me querías tú estabas ahí para cortar los sollozos y hacerme sonreír, ella… ella solo dormía.

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