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domingo, 27 de septiembre de 2009

Inconclusa a la muerte

Para la muerte siempre tengo una bienvenida…

Para ella siempre me encuentro muy bien preparada, sin sumergirme en los cajones de ropa, las prendas negras y púrpuras salen a relucir inmediatamente, la mejor gala en honor de aquel que definitivamente ya no nos va a ver, con el mejor vestido, impecables y él recostado frente a nosotros no se inmuta ante nuestra inmaculada presencia.

Celebremos pues… la muerte: "¡Arriba la muerte, arriba!" -ya que la tan vanagloriada señora camina silenciosa y casi invisible entre nuestros propios pasos- celebremos su venida, como celebramos el amanecer de cada día y del día anterior tan sólo con melancolía.

¿Quién más para batallar con su ejercito de muertos que los vivos? En cada nuevo comenzar es un golpe certero a su mandíbula; en cada recuerdo de su ausencia, uno a la nuestra. ¡Pero eso sí! Cada vez que pensamos en nuestro propio deceso, deseamos ansiosos la más grande meta de cada muerto: queremos ser recordados y necesitados, extrañados, ¡pero claro que para ello se trabaja tanto en vida! Para que quieran ver una vez más una lágrima de nuestros ojos y una apacible y franca sonrisa.

Con escencia mórbida y en un tono de ironía:
--¡Pase, pase, señora mía! Siga desgranándonos poco a poco, manténgase trabajosa arrancando de cada par de brazos una enésima vida que nosotros -los otros-, los que no han alcanzado sus manos asesinas, seguiremos de pie velando, cuidando, como centinelas con las ilusiones por hoy vencidas. ¡No, no, no! Pero qué modales de estas almas sencillas, no lloran por verla llegar a usted, cada lágrima que desgasta poco a poco nuestras mejillas es por el ser que se va a llevar, era… simplemente como cada uno de nosotros, una ilusa fantasía. ¡Pero hermosa -y aun indeseable- oscura presencia! Algo de lo que somos dueños y no puede quitarnos con esa guadaña que amenazante se balancea cerca de nuestras gargantas es nuestro espíritu. Nuestra razón de ser. Nuestras esperanzas no mueren también con cada irretornable cerrar de ojos. Si ha impedido a nuestra manos sentir la calidez de las que se ha llevado, ¿cómo piensa usted que podrá intervenir en nuestras memorias?

Nuestras esperanzas están, nuestros anhelos permanecen y nuestros recuerdos no planean dejar de delinear su historia en nuestra propia existencia.

--¡Nooo… señora! ¿Qué cree llevarse usted este día? Si la esencia de quien hoy se lleva, de nuestras vidas una parte ha forjado, ¿cómo piensa usted que nos ha ganado?

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