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sábado, 11 de julio de 2009

Suave tren

Once treinta de la mañana.

Un par de trenes a toda marcha, con las ruedas perfectamente engrasadas y un vagón repleto de carbón cada uno para no detenerse.

Cuando dos grandes máquinas tan potentes y con hermosa brillantez se encuentran en movimiento, con tantos objetos de gran valor dentro, se corre el riesgo de un accidente.

Tu corazón dentro de tu suave pecho, mi corazón latiendo a mil, y nuestra respiración acompasada, una vez tú y una vez yo, tan cerca de mi estás que puedo inhalar tu propia exhalación.

Tan cerca un tren del otro, apenas unos segundos para comprender el terrible error.

La energía y la emoción mezcladas en una confusa y dolorosa situación, tu sudor, mi sudor, tu voz… mis lágrimas.

Dos enormes monstruos de potentes maquinarias han tardado más en reparar en el peligro que en verse envueltos en la última vertiginosa vuelta de sus ruedas, en un abrir y cerrar de ojos, la opulencia de sus tesoros se ve regada como sangre viva, nueva, alrededor de los destruidos y ardientes pedazos de hierro.

"Fernado", me has dicho "Fernando", has pronunciado lentamente y en murmullos "Fernando"

Dentro del hueco en mi corazón caen pesadamente como gotas de agua en un pozo oscuro y viejo, las sílabas que unidas producen ondas tan grandes y vibrantes que rompen completamente mi interior.

"Fernando"

¡Que soy ninfa, sirena, donna, gentil musa, si así gustas, pero completa y definitivamente, desde la punta de mis cabellos a las de mis pies, a través de mis pensamientos, de mis sentimientos, lo que hago y lo que suelo decir: Mujer!

Soy mujer, bello, potente pero suave tren, brillante, seguro e incluso confortable, pero mujer.

Y a pesar de ser una y buscar en ti a otra, solo espero que sepas reconocer que yo… no me llamo Fernando.

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